El peso de una vida extraordinaria

A veces creo que no nos damos cuenta del poder de las palabras. Así que, si bien he hablado en otras oportunidades de vida normal versus vida extraordinaria, no quedo muy satisfecha, la verdad, con esa división. Pareciera implicar que si elegimos una vida normal estamos mal y que si optamos por una extraordinaria vamos a conseguir la plenitud que buscamos.

Dicho esto, no sé de qué otra manera podríamos referirnos al camino que elegimos vivir. Así que una vez más, procuraré describir en qué consiste cada uno o por qué apaño hacer una diferenciación.

Una vida normal vs una extraordinaria

Sin caer en debates sobre qué es correcto o no, la vida normal puede entenderse, desde mi punto de vista, como la vida que probablemente ya estamos viviendo. En nuestro día a día solemos hacer una serie de actividades, en su mayoría por necesidad y obligación, otras por satisfacción. Hay que trabajar para pagar las cuentas y cubrir nuestras necesidades básicas y alcanzar cierta comodidad. Hay que comer, asearse y demás para cuidar nuestro cuerpo y tener la energía para el quehacer diario. Algunos eligen otras actividades para cuidar también de su mente y espíritu. 

¿Cómo se ve una vida normal? Digamos que te levantas, te arreglas, vas al trabajo, comes, regresas a casa, pasas tiempo con la familia o amigos, ves televisión, etcétera. Cada persona tendrá su propia versión.

Sin embargo, pareciera que faltara un componente: aquello que quieres lograr. 

Sabes que no apoyo las metas. Prefiero los sistemas. Sabes que me aboco a la idea de ‘ser’ antes que ‘no parar de hacer’. Predico sobre la importancia de vivir el ahora, en lugar de quedarse atascados en tiempos lejanos, ya sea pasado o futuro.

Dicho esto, no podemos dudar de que todos buscamos ser mejores cada día. Algunos se lo toman en serio y trabajan por ello. Otros solo se quedan con palabras vacías. Y por aquí vamos diferenciando esa vida normal de una extraordinaria. 

Aquellos quienes logran transformar sus palabras en acciones y se dedican a construir y vivir la vida que se plantearon, esos soldados valientes, llevan una vida extraordinaria. Aquellos que se quedan con castillos de arena, viven una vida normal. Tu elección, tu camino. 

Vuelvo y repito, no estoy aquí para juzgar qué camino es mejor, si hay alguna ruta correcta o qué te conviene más. Como comenté en el post anterior, tienes la vida que deseas tener. 

¿Cómo se ve una vida extraordinaria? Probablemente rocosa y espinosa, pero al final del día sabes que estás donde tienes que estar. Las actividades de una vida normal siguen allí. Mas, tus acciones responden a tus valores. Están presentes en cada cosa que haces. ¿Qué precio estás dispuesto a pagar para montarte en la montaña rusa más alta, más impredecible y satisfactoria que existe?

El peso de una vida extraordinaria

 

“Todo el mundo quiere ir al Paraíso, pero nadie quiere morir”

(Verso de un blues interpretado por Albert King). 

 

Si fuera fácil lograr cada una de las cosas que nos planteamos, todos viviéramos de forma extraordinaria. No existirían las quejas, la envidia, los celos, la frustración y la impotencia. Probablemente, no hubiera surgido la psicología positiva y tantos estudios para ayudarnos a ser felices y encontrar la plenitud en nuestra existencia.

Pero, como dijo Nietzsche, una vez más:

 

“El que tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”.

 

Ese cómo es nuestra cruz. De ti depende, sin embargo, si prefieres el dolor en el camino hacia una vida bien vivida o el dolor de tus arrepentimientos. Mas, hablemos de ese dolor, hablemos de esa cruz. Y para ello, te voy a contar la fase en la que estoy, la razón por la que esta entrada está siendo escrita.

Hace dos meses aproximadamente, mi esposo y yo decidimos acudir a una nutricionista del deporte para mejorar nuestra dieta dado los nuevos requerimientos de nuestro ejercicio y actividades en general. Se nos armó todo un plan donde por semana, y entre los dos, estábamos comiendo aproximadamente 30 huevos, 71 frutas, 10 latas de atún más otras porciones de pescado fresco, 500g de legumbres, 500g entre arroz y quinoa y un sin fin de vegetales. Comenzamos nuestro plan de hábitos para poder manejar la preparación de toda esa comida. Empezamos cocinando durante la semana. Nos acostábamos tarde, no podíamos levantarnos temprano a hacer ejercicio. Al final de la semana estábamos abrumados y agotados. Sin embargo, había que continuar con el plan. Decidimos probar cocinando todo el domingo. La siguiente semana la pasamos estupendamente, pero ese domingo estuvimos más de 5 horas sin parar trabajando. 

Semana tras semana, cada vez que llegaba el domingo, casi no quería ni pararme porque sabía lo que nos esperaba. De repente, comer lo mismo todo el tiempo, por más de que cambiaras un tipo de legumbre por otra y así sucesivamente, me tenía aburrida. ¡Vamos que se puede! 

Llegamos a la segunda consulta. Yo, resuelta a que me hicieran un cambio en esa dieta o de lo contrario no sería sostenible. Luego de unas palabras alentadoras, comenzamos a entender de qué otras formas podíamos trabajar con la comida, las preparaciones, los ingredientes, etc. Motivados, emprendimos un nuevo experimento. Luego, decidimos hacernos veganos. Y a pesar de que ahora variamos los métodos y presentaciones de la comida, y por ende, más trabajo, se nos ha hecho más llevadero. Los sabores ahora sí se sienten. Los beneficios que sentimos desde el día uno siguen allí, y por ende, la razón por la que todo este sacrificio ha valido la pena.

La tarea de cocinar me sigue resultando a veces cansona. A veces sueño con no tener esa responsabilidad los domingos. Las otras circunstancias de la vida se nos mezclan con este cambio tan importante que hemos emprendido. La abrumación no tarda en llegar. 

No obstante, un estilo de vida saludable es mi prioridad, es mi norte. El cuidado de mi salud y del medio ambiente forman parte de mis valores. Y contra viento y marea, aquí aguantamos porque el propósito vale la pena. Esta es mi vida extraordinaria.

Como dice Brené Brown, en su libro “El poder de ser vulnerable”: 

 

Un cartógrafo de paso firme y seguro no hace de un viajero veloz. Me tropiezo y me caigo, y constantemente me encuentro necesitando un cambio de trayecto. Y aun cuando estoy tratando de seguir un mapa que he dibujado, muchas veces la frustración y la falta de fe en mí misma ganan, así que enrollo ese mapa y lo meto en la gaveta de cachivaches en la cocina. No es un camino fácil, pero para mí cada paso ha valido la pena. 

 

Lo que queda entonces es…

¿Cómo cargar tu cruz?

Con flexibilidad, compasión y agradecimiento. 

Flexibilidad cuando no logras mantener el hábito o el sistema se quiebra. “Caer está permitido, levantarse es obligatorio” (Proverbio ruso). Sigue intentándolo que el momento transformador puede estar a la vuelta de la esquina.

¿Un aspecto en particular de tu cambio te está resultando muy abrumador y poco sostenible? ¿Un día no se pudo? Vuelve a tu rutina anterior y regresa al camino del cambio al día siguiente. 

 

“Pensar en el cambio como un PROCESO y en el compromiso como una INTENCIÓN…” (Orsillo y Roemer en Vivir la ansiedad con conciencia).

 

Compasión porque no somos perfectos y los cambios no suelen ser tan sencillos, menos cuando hablamos de valores y paradigmas. 

Y agradecimiento por tener el coraje de vivir plenamente, de no quedarte con arrepentimientos, de ver el pasado como un maestro para que tu presente esté alineado con lo que crees.

———

Bono:

Y sin tienes la suerte, rodéate de personas que compartan tus valores. Construye una red de apoyo para esos momentos en que renunciar parece ser la única voz en tu interior.

3 comentarios en “El peso de una vida extraordinaria

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